Desperdicio cero: del diagnóstico a la acción


Carolina Pizarro Torres
Gerente de Sustentabilidad AB Chile A.G.

Hay algo incómodo —y difícil de justificar— en el hecho de que, como sociedad, sigamos desperdiciando alimentos mientras millones de personas enfrentan inseguridad alimentaria. A nivel global, cerca de una quinta parte de los alimentos disponibles para consumo humano se pierde o desperdicia cada año. Son más de mil millones de toneladas que nunca cumplen su propósito.

En Chile, la magnitud del problema también es evidente: alrededor de 1,6 millones de toneladas de alimentos se pierden o desperdician anualmente a lo largo de la cadena. Esto no solo impacta la seguridad alimentaria, sino que también implica emisiones evitables, presión sobre los ecosistemas y una ineficiencia estructural que el país no puede permitirse.

Reducir la pérdida y el desperdicio de alimentos puede contribuir hasta en un 10% a la disminución de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Pocas acciones ofrecen un impacto tan transversal y, al mismo tiempo, tan concreto.

La pregunta, entonces, no es si debemos actuar, si no por qué no lo estamos haciendo con mayor velocidad, pues si algo nos muestra la evidencia es que este no es un desafío que pueda resolver un solo actor. Requiere una acción coordinada entre el sector público, la industria, la academia y la ciudadanía. Además de alinear incentivos, generar información robusta, y construir soluciones que sean técnica y operativamente viables. En ese camino, la colaboración público-privada es una condición habilitante.

Desde el gremio de la industria de alimentos y bebidas, AB Chile, hemos decidido asumir ese rol con responsabilidad. A través del Acuerdo de Producción Limpia (APL) para la reducción de la pérdida y el desperdicio de alimentos —impulsado junto a la Agencia de Sustentabilidad y Cambio Climático— estamos avanzando en una lógica concreta: medir, intervenir y escalar.

Hoy, ocho empresas y once instalaciones productivas ya están implementando este acuerdo, incorporando metodologías comunes de medición, acciones concretas de prevención, valorización y capacidades internas que permiten integrar esta gestión en la operación diaria.

Este esfuerzo refleja una convicción clara: la industria es parte esencial de la solución. Y cuando existen marcos de colaboración adecuados, es posible movilizar inversión, innovación y capacidad operativa a una escala que ningún actor podría lograr por sí solo.

El desafío no termina en la industria, ya que la mayor parte del desperdicio ocurre en los hogares. Planificar, conservar adecuadamente y revalorizar los alimentos no son gestos menores. Son parte de una transformación cultural necesaria, porque cuando desperdiciamos alimentos, no solo botamos comida, sino que también agua, energía, trabajo y oportunidades. Pero, sobre todo, desperdiciamos la posibilidad de construir un sistema más eficiente, justo y sostenible.

La buena noticia es que sabemos qué hacer. La evidencia está sobre la mesa. Las soluciones existen y la industria ya está avanzando, porque reducir el desperdicio de alimentos no es solo una oportunidad, es una urgencia.

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